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Jueves, 17 Abril 2014 15:38

El misterio del diente de oro (III)

Escrito por  VJMonC
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La sombra cruzó la calle. Pasando por el paso de peatones, miró primero a la izquierda y después a la derecha, pero nadie había a esa hora de la madrugada. Paso sobre el Támesis por el puente de Lambeth teniendo como fondo el palacio de Westminster con el Big Ben y la noria del London Eye, penetrando por la calle B323 hacia el centro de Londres.

Tras diez minutos de caminata, giró a la izquierda hasta Victoria Street y allí, entre multitud de grúas y andamiajes, tomo asiento sacando una tableta del amplio bolsillo de su abrigo. La noche era fría, pero apenas húmeda. Se ahueco entre unos contenedores de escombros que protegían su visión de la calle, y frente a uno de los muchos Starbucks cerrado, entró en la red.

No era poco habitual que el encargado de locales como ese dejara por la noche conectada la red wifi. Para algunos usos nocturnos que precisaban de cierto anonimato, eran una llave maestra. Para la policía o las autoridades, un filón por descubrir.

Se colocó unos auriculares y, seguro que nadie escucharía sus palabras, marcó una video llamada. Pocos segundos después, el rostro de una bella mujer aparecía en la pantalla del aparato.

-Estaba esperando su llamada.

-Esperar es lo mínimo que podía hacer –la voz era muy dura, como con una afonía permanente y de acento difícilmente identificable- ¿lo ha conseguido?

-Creo que hasta el momento jamás le he fallado.

-No lo entiende señorita. El fallo no es aceptable. Si comete un error, no podrá volverle a fallar a nadie.

Roger le pasó un maletín a Irene para acto seguido colgarse su mochila.

-¿Estás seguro?

-Será lo más rápido. Debes ir a Londres y localizare allí. Yo mientras iré por carretera. Nos encontraremos en Roma dentro de cuatro días.

-No puedes fiarte de Irene. ¿Lo sabes verdad?

-Sé que nada es lo que parece. Aparte de eso, solo sé que no sé nada.

-No me vengas con sofismos Roger. Te matará. Eso como mínimo.

-Al menos eso lo tengo claro. Pero es fácil. Solo tengo que averiguar cómo lo va a hacer e impedírselo.

-¿Y si no lo consigues?

-Entonces me salvarás tú. Al igual que hiciste la última vez.

-Por eso deberías venir conmigo. No podé salvarte si estas lejos.

-No puedo dividirme en dos. Necesito esa información de Londres.

-No hagas tonterías.

-Tranquila –dijo mientras le daba un beso en la mejilla- estación de Termini dentro de cuatro días.

-No faltare. No faltes, Roger.

Habré querido decirle algo más, pero siempre era lo mismo con Roger. Sobraban las palabras o faltaban demasiadas. Giró con la sensación que era la última vez que le vería y antes de pasar por el arco de metales del Aeropuerto, intento girarse para verlo una última vez. Pero allí no había nadie ya.

Gorra de béisbol y mochila era todo lo que llevaba, pues ya hacía calor en la calle. Cruzó la entrada del aeropuerto donde multitud de taxis y vehículos dejaban o subían pasajeros de paso y entró en el aparcamiento. Allí, buscó un vehículo que conocía bien: un mini color rojo.

-Has tardado -dijo Irene.

-¿Me has echado de menos?

-No quería dejarte conmigo.

-Siempre me pareciste chica lista.

-No confía en mí.

-Digamos que tiene buenos motivos.

-¿Por qué tu sí confías en mí?

-¿Quién te ha dicho que confíe?

-Bueno, estas aquí conmigo en el coche y no con ella en el avión.

-No tenemos tiempo que perder pues.

-Vale, a ¿dónde vamos?

Le dio un papel con una dirección y acto seguido añadió:

-Tienes cinco horas para llegar si no quieres que tengamos que esperar un día entero.

-Me sobrarán dos.

-Tenemos que llegar con vida, no quieras matarme tan pronto.

-¿Sabes? te echaba de menos Roger.

-Haberlo pensado antes de envenenarme, dispararme e intentar quemarme.

-¡Yo no hice eso!

-Pero lo planeaste querida –dijo Roger sonriéndole.- Vamos, no podemos llegar tarde.

Presidida por la estatua de Horatio Nelson, la plaza de Trafalgar Square daba entrada a la NationalGallery. No era el único acceso, pero si el más tradicional. Una multitud de turistas se hacía fotos frente a la fachada y desde las escaleras observaba como algunos jóvenes se preparaban para realizar una exhibición de breakdance para deleite de numerosas jóvenes escolares ante sus músculos. Además, numerosos mimos realizaban sus shows en búsqueda de unas libras.

Una sobra detrás de las columnas lo observaba todo en silencio. A una señal suya, uno de los jóvenes sin camiseta ascendió corriendo por las escaleras y entró en el edificio, ante la sorprendida multitud, seguido por varios de sus compañeros. Gritos y carreras de policía acudieron a la sala donde se exhibía la Virgen de las Rocas de Leonardo Da Vinci. Frente a ella, a ritmo de Prince los jóvenes bailaban sus pasos ante la escandalosa mirada de los vigilantes y de la policía, que buscaban detenerles.

Mientras se eran reducidos, tarea nada fácil dada su agilidad, una sombra vestida con abrigo rojo se escabulló frente al marco de una pintura de Caravaggio en una sala adyacente, vacía por los curiosos. Deslizando sus manos por el marco pulso en dos lugares a la vez un fino rollo de papel cayó del mismo en la mano de una mujer elegantemente vestida, que acto seguido se reintegró a la masa que observaba como eran detenidos los intrusos. Acto seguido salió por la puerta y al pasar junto al hombre del abrigo, deslizo el rollo en su interior.

El hombre bajo las escaleras y sonrió tímidamente al pasar junto a la mujer del abrigo rojo que permanecía caída en el suelo junto a un mimo que intentaba reanimarla. Pero la espuma que caía de su boca indicaba que era tarea inútil. Había muerto.

Modificado por última vez en Jueves, 17 Abril 2014 15:45

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