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Viernes, 16 Mayo 2014 16:31

EL misterio del diente de oro IV

Escrito por  VJMonC
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Aritz pasó por delante de la Carnicería Jesús y de la Teteria de la Mañueta antes de enfilar por la Calle del Carmen. Rumbo a su portal. No hacia tanto tiempo que realizar ese trayecto por aquellas callejuelas del centro de Iruña hubiera sido una temeridad por su parte. Abertzales y policías a la gresca podían armar barullo en cualquier momento de la noche, pero no hubieran sido esas las mayores amenazas a las que enfrentarse. Bien es sabido que la amenaza más peligrosa y dañina, suele provenir de las sombras.

Pero afortunadamente los tiempos habían cambiado y pasear libremente, sin amenazas por las callejuelas empedradas de Pamplona era un placer que poco a poco había podido recuperar, o eso le había gustado pensar si no hubiera tenido otro tipo de juventud. A caballo entre el sur de Francia y los campos de entrenamiento de argel. Viviendo de aeropuerto en aeropuerto siempre temiendo que descubrieran la falsedad de su documentación a mitad de un vuelo hacia los refugios norteamericanos o en la más estricta clandestinidad, su vida como terrorista nunca había sido fácil. Ahora, una vez que parecía relajada la búsqueda de etarras parecía que podía, por fin, conseguir una vida de civil.

Había sido quizás más precavido que sus compañeros, siempre esperando que su alias o su rostro apareciera en los medios de comunicación como gudaris legendarios. Lo cierto es que él siempre había gustado del anonimato, cuestión de carácter. Algunos compañeros suyos decían que si no hubiera sido por las circunstancias de la muerte de su hermano, Aritz habría sido un ratón de biblioteca ejemplar, tímido y callado, sin dejar apenas rastro. Pero esas cualidades le habían servido de maravilla en sus tareas de espionaje para la organización terrorista. Ahora, a sus cuarenta y cinco años, vivía retirado y sin oficio, dependiente de una pensión por los servicios prestados y de una transferencia des de Venezuela que siempre llegaba a su hora, como un reloj.

No obstante había ciertos hábitos que nunca ya le abandonarían. Había pasado más tiempo de su vida siendo terrorista que cualquier otra cosa. Entendía por qué ex compañeros suyos, hastiados de la vida civil, se enrolaban en proyectos criminales o, en el peor de los casos, terminaban con su agonía civil. Uno de ellos era mantenerse siempre alerta de las sombras, esperando una cuchillada en el mejor de los casos, o percibir una presencia en la oscuridad, agazapada, esperándole.

Lo había notado nada más entrar en su portal. No había ninguna prueba, pero tenía el instinto que tantos años le había permitido sobrevivir. Nada más cerrar la pesada puerta de madera de su portal, que había sido tantas veces forzado por impetuosos amantes durante las fiestas de San Fermín que no era menester ocultar las huellas de un nuevo fuerce, se apresto a recibir el pago por tantos años de servicio a su patria.

-Te vuelves descuidado con la edad –sonó una voz familiar a sus espaldas.

-Quizás sea la edad o la demencia –dijo sin girarse- pues creo escuchar la voz de un fantasma.

-Este fantasma tiene hambre, sed y viene con compañía.

-Subid pues –dijo girándose y ofreciéndole la mano- Roger, sabes que es tu casa.

***

Una pequeña cocina con todas las comodidades modernas necesarias para un hombre soltero era el escenario de la reunión. Aritz les ofreció asiento a sus dos invitados, y tras asegurarse que la casa era segura y que nadie podía verles a través de las ventanas, conecto un pequeño aparato inhibidor de frecuencia para evitar escuchas.

-Un viejo habito, espero que no te moleste.

-¿Hay algunos que nunca desaparecen verdad? –preguntó Roger.

-La gente todavía me pregunta por qué no tengo teléfono móvil –dijo Aritz mientras llenaba tres copas de vino- Si ellos supieran, pero todavía no me has presentado a la dama.

-Aritz Balenziaga –dijo Roger sonriendo – te presentó a una mujer.

-Sabe señorita –dijo Aritz besando la mano de Sofía- siempre le acompañaron bellas señoritas en sus aventuras, pero al menos tenían nombre.

-Es un placer señor Balenziaga, mi nombre es Sofía.

Aritz alzo las cejas como gesto de sorpresa mientras dirigía su mirada hacia Roger, que permanecía sonriente en la silla, con la copa de vino en la mano.

-¿Es la famosa Sofía?

Roger asentía, lo que provocó el inesperado abrazo de Aritz a Sofía y su sonora carcajada mientras exclamaba.

-Siempre supe que eras un temerario Roger, pero este supera con creces todo lo imaginable. ¿Qué os trae por aquí?

-Necesitamos al señor M.

-Es prudente… -empezó a decir Sofía desconfiando.

-La duda ofende señorita. ¿Es prudente dejarles entrar en mi casa? ¿Es prudente dejarla entrar a usted, sabiendo quién es?

-Ya basta Aritz. Ella comprende mis métodos, ¿no es así Sofía?

-Si Roger.

-Bien, como te decía, buscamos al señor M.

-Eso es peligroso. El señor M ya no es lo que era, por lo que he oído.

-¿Quién es el señor M? -Preguntó Sofía.

Ambos la miraron con cara de incredulidad.

-Pensaba –empezó Aritz- que una mujer de su reputación sabría a qué juego está participando.

-No he entrado en detalles con ella.

-¿Como que no has entrado en detalles? Pregunto Sofía.

-Yo te lo explico –dijo Aritz- cuando fui iniciado en espionaje, contra espionaje y terrorismo, el señor M era el más respetado miembro de un selecto club, cuyo quizás miembro más famoso fuera Carlos el Chacal.

-¿Era un terrorista?

-Por dios Roger, ¿cómo puedo esta mujer casi hacerte caer?

-Eso me explico yo a veces.

-A ver señores, que no sepa quién es el señor M no me inhabilita para mis funciones.

-¿Y que funciones son esas?-preguntó Aritz.

-Eso no viene al caso, señor Balenziaga. Estaba contándome quien era el señor M.

-Cuéntaselo Aritz.

-Está bien, pero si se va de la lengua, deberé matarla. ¿Entiende?

-Estoy acostumbrada.

-Creme Aritz, entiende más de lo que aparenta.

Aritz se levantó, fue hasta el frigorífico y tras rebuscar un momento saco un pequeño paquete. Se acercó al microondas e introdujo un pequeño bartulo ante la expectación de Sofía, que seguía sentada junto a un despreocupado Roger. Acto seguido sacó de una alacena superior un manojo de hierbas y empuñando un chuchillo, empezó a trocearlas mientras relataba la historia.

-El señor M es un mito. Nadie le conoce, nadie sabe quién es ni que nacionalidad tiene. Aparentemente no trabajo por dinero, al menos directamente. Ni siquiera sabemos cómo encontrarle. Simplemente aparece tras algunos de los trabajos más prestigiosos que se han realizado, y todos tienen una misma marca que les identifica.

-¿Y cuál es esa marca?

-Siempre se resuelve con un falso culpable.

-Pero si se sabe que es un falso culpable, puede descubrirse su inocencia.

-No es tan fácil –intervino Roger- son casos mediáticos, donde los medios de comunicación están muy encima y es muy difícil hacer entender a la opinión pública que a quien todos señalan no es el culpable.

-Es culpable por aclamación. ¿Se trata de eso?

-Es mucho más que eso, Sofía- Aritz acababa de saltear las verduras troceadas y vertía en un cuenco el contenido calentado en el microondas, una carne a medio hacer que había acabado de cocinarse al calor del electrodoméstico. Mientras Sofía parecía inquieta por la espera y Roger acostumbrado a los tiempos de su anfitrión. Acto seguido, tras marear el contenido del cuenco, sirvió en tres platos el contenido y tras situar un plato frente a Roger y otro frente a Sofía, tomo su asiento a la mesa y se dispuso a continuar.

-Se trata de mucho más. Todas esas acciones que son llevadas a cabo por el señor M son atribuidas a otros grupos que, como son impactantes, brutales y bien organizadas, no dudan en reivindicarlas, Otorgándole la coartada perfecta a su verdadero ejecutor.

-Por eso saben que son obra del señor M, porque sus grupos reivindicaron dichas acciones sin haber movido un musculo.

-Exacto –dijo Roger- el atentado de Carrero Blanco, la caída de Sadam Hussein, el asesinato de Aldo Moro, la caída del Sha de Persia, la muerte del Che…son innumerables los atentados y acciones militares atribuidas a falsos culpables.

-Un momento –dijo Sofía-  la muerte del Che ocurrió en los años sesenta.

-Exacto querida –dijo Aritz- le gusta el plato.

-Está muy bueno, pero ¿quieren hacerme creer que hay un criminal famoso responsable de numerosos crímenes, que lleva campando por el mundo más de sesenta años sin que nadie lo sepa?

-No querida –dijo Roger- esos son solo los que sabemos, por colegas del oficio, que ha realizado de primera mano el señor M.

-¿Hay más?

-Muchos más –dijo Aritz.- Hay un estudioso británico. Es ex agente de los servicios secretos y profesor en Cambridge. Uno de los temas que más le apasiona es “el señor M”.

-Ese profesor –continúo Roger-ha obtenido sus informaciones por medios poco claros. Contactos que realizó en su faceta de agente durante la guerra fría. Es confidencial y nunca ha publicado nada. Si lo publicara, posiblemente moriría a las pocas horas.

-Pues bien –Aritz estaba apurando su copa- contactó con nosotros, me refiero a mi organización, intentando confirmar quien había realmente realizado algunos trabajos que no vienen al caso. Como ya teníamos sospechas de que alguien estaba detrás, digamos que nos interesaba atribuirnos el mérito, nos costó intercambiar información. Pero el profesor no tenía ningún problema en compartir todos los datos que conocía.

-Aja, ¿Y?

-Las primeras relaciones de crímenes que puedan atribuirse al señor M son de principios de siglo. En concreto el asesinato de cierto archiduque que provoco la Gran Guerra.

Sofía se giró hacia Roger buscando una afirmación. Este no dudo en asentir a las palabras de su colega, para su asombro. El silencio se adueñó de la sala mientras asimilaba las palabras de Aritz.

-Quiere decirme que hay un genio del crimen centenario que aún está vivo y del que nadie ha sabido, que es responsable de la mayoría de crímenes famosos del siglo XX.

-Quiere decir –dijo Roger- que estamos persiguiendo a un fantasma.

-Así que por eso estáis aquí –dijo Aritz- sabes tan bien como yo Roger que gente más influyente que tú y que yo ha intentado no solo capturarle, si no lograr sus servicios. Y no lo han conseguido. ¿Por qué esperas tener éxito donde otros fracasaron?

-Por qué yo sé que Toni existe, y tú sabes dónde está.

-Toni no te ayudara. Suponiendo que pueda encontrarle, tiene casi noventa años.

-Y una espina clavada con el señor M.

-Necesitas mi ayuda.

-Y creo que me la darás.

-¿Por qué debería?

-Por qué me conoces y sabes que voy a atraparle.

-Eso no te ayudará. Sigues sin tener nada que no tuvieran los otros.

-Tiene una cosa, señor Balenziaga.

Aritz se quedó mirando a Sofía, que parecía un tanto descolocada, como si hubiera hecho un descubrimiento que no esperaba. Parecía resuelto a terminar la conversación en ese punto, pero la intervención de Sofía le había descolocado un tanto. Aritz alternaba ahora a la joven con su colega. Conocía la sonrisa de Roger, y sabía que no se habría presentado en su casa para perseguir a Toni si no tuviera un as en la manga. La curiosidad pudo más que la precaución, en el fondo, echaba de menos el riesgo que le había acompañado toda su juventud.

-Y bien señorita, si hace diez minutos no sabía ni que existía el señor M, que tienen que les haga diferente.

-Me tienen a mí.

-Está usted de muy buen ver, Sofía, pero creo que no entiende.

-Eres tu quien no lo entiende, Aritz –intervino  Roger- ella trabaja para el señor M.

***

-Buenas tardes.

-Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarle?

Irene había llegado a Cambridge con un solo objetivo: encontrar al profesor Connery. Roger había sido claro y debía encontrarse y contarle lo que sabía sin perder tiempo. Había hecho además los preparativos necesarios, reservando pasaje para ambos con salida aquella misma noche del aeropuerto. Tenían el tiempo justo para acudir a Victoria Station y tomar el tren que les dejaría en Gatwick, al sur de Londres. Si algo había aprendido de la convivencia con Roger era a cumplir sus órdenes y no hacer preguntas. Si encontrara aquel hombre y llevarlo al continente era importante, debía hacerse. Solo esperaba que Sofía no le hiciera nada malo mientras permanecía alejada de él.

-Soy una antigua alumna que quería darle una sorpresa  al doctor Henry Connery–dijo mintiendo-¿Puede indicarme dónde encontrarle?

-Lo siento señorita, el doctor Connery ha desaparecido.

Continuará…

Modificado por última vez en Miércoles, 18 Junio 2014 15:21

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