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Viernes, 12 Septiembre 2014 15:55

El misterio del diente de oro V.

Escrito por  VJMonC
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-Entonces Tom, ¿Scotland Yard no sabe nada?

El hall del British Museum aparecía abarrotado de gente a las doce del mediodía. La mayoría se reagrupaba tras la visita a la exposición permanente o a la alguna de las curiosas y siempre atractivas exposiciones temporales, las únicas del complejo que eran de pago. Por sus muchos años de periodista de investigación Irene sabía que en aquellas mesas establecidas para que escolares merendaran, almorzaran o pusieran sus apuntes en orden era un lugar de paso habitual para habitantes de Londres que querían tomar algo en un ambiente tranquilo. Por ello mismo, dado el gentío, era el lugar perfecto para pasar inadvertido y tener aquella conversación con un viejo colega periodista de la capital británica y antiguo amante: Tom Sheppard.

-No saben nada. Y no les gusta que hagan preguntas sobre el buen doctor.

-Eso era de esperar.

-De hecho, creo que tú tienes más información sobre el personaje que nosotros. En nuestra base de datos aparece limpio. No hay nada sobre el buen doctor hasta que alcanzó su cátedra. Y des de luego no es habitual que estos personajes no tengan “aficiones” que generen expedientes policiales o periodísticos en este país.

Irene lo sabía, pero no podía decirle más. El doctor Henry Connery había trabajado para el servicio secreto y como parte de la pensión de jubilación, además de una profesión basada en sus más arraigadas aficiones, contaban con un expediente inmaculado de por vida.

-No sé más que tú, Tom, te lo aseguro.

-Y si lo supieras, no podrías contármelo. Pensaba que te habías retirado, pero veo que vas tras una buena historia.

-Eso es asunto mío, Tom.

-Bueno tú eres la que me ha pedido ayuda.

-Y te estoy muy agradecida.

-Bueno ahora quiero pedirte yo algo.

-Dime, sabes que si está en mi mano lo haré.

-El otro día hubo una muerte en extrañas circunstancias frente a la National Gallery.

-¿Sí? No lo sabía.

-Pues sí. Algo raro, una mujer desplomada tras una actuación de unos artistas callejeros. En verdad ni la policía se explica lo ocurrido.

-Llegue ayer a Londres, no sé en qué puedo ayudarte Tom.

-Bueno, si te enteras de algo sé que me avisarás. Siempre has tenido olfato de buena perra.

-¡Oye!

-Es un cumplido profesional.

-No te recordaba ese resquemor.

-Que te esperabas, ¡me chafaste la exclusiva de mi vida! Te debía este pequeño desahogo.

-Te lo perdono, bueno, ¿tienes lo que te pedí?

-Lo siento, pero no hay dirección del doctor.

-Eso ¡es imposible!

-A decir verdad hay solo una dirección. Un club donde parece ser que se le puede encontrar si no está en su catedra de Cambridge.

-¿Y tienes la dirección?

-Eso te va a costar algo.

-No  voy a pagarte por eso.

-No quiero dinero Irene. Que tal una cena, ¿mañana a las ocho?

-No seas chantajista, ¿qué diría tu mujer? Eso te funcionaba hace años, cuando no eras un periodista respetable.

-Supongo que se divorciaría y se llevaría a mis dos hijos. Está bien, había que intentarlo, anota: Sinope’s Club, 10 Carlton House Terrace Cambridge.

***

Un edifico blanco inmaculado de estilo típicamente inglés y que ocupaba toda la manzana en un distinguido barrio residencial de Cambridge. Eso era el Sinope’s Club. No había mucho tráfico de socios, a pesar que por la hora a la que llegó Irene debería estar con su máxima afluencia del día. En sus instalaciones interiores, por lo que había podido informarse en internet durante su trayecto en tren, cohabitaban instalaciones deportistas para los más vulgares con servicio de biblioteca y reservado con cocina de alta gama para los más esnobs. Un club donde al parecer, los ricos de nueva cuña ganaban prestigio y mantenían los gustos de los tradicionalistas de más rancio abolengo y costumbres, eso sí sin mezclarse.

Como adentrarse en un club tan elitista y cerrado a preguntas era algo que se preguntaba en ese momento Irene. Como buena periodista de investigación que era, sabía que lo último que debía hacer era dar a conocer su profesión. Eso le cerraría antes de abrir la puerta. Tampoco podía hacerse pasar por un futurible nuevo miembro, pues aunque el club aceptaba mujeres por ley, solo lo hacía mediante parentesco o recomendación expresa de un socio anterior. Irene no disponía de ninguna de las dos. Resuelta a utilizar todas sus armas, requirió a la que menos le gustaba: la improvisación.

Un portero elegantemente vestido le abrió la puerta sin hacer ninguna pregunta y se vio frente a un recibidor moderno y funcional, cosa que bajo ningún concepto auguraba el exterior clásico del complejo. Ni tornos, ni ninguna barrera o arco de seguridad cerraban el paso a los socios. Solo había un mostrador y un hombre entrado en años, también elegantemente vestido de traje, que le sonreía formalmente como si fuera una parte más de su rostro. Por supuesto, aquel lugar estaba blindado y debía tener seguridad, pero no a la vista del visitante.

-Buenas tardes señorita. ¿En qué puedo ayudarle?

-Buenas tardes. Vera, soy una vieja conocida del doctor Henry Connery, y me gustaría saber si puedo encontrarle aquí.

-Lo siento señorita, pero no me está permitido revelarle ninguna información sobre los miembros.

-Estoy segura que el doctor Connery se alegrara de ver a una de sus ex alumnas.

-Las normas son las normas, señorita. El doctor también lo sabe.

-¿No puede hacer una excepción?

-Lo siento señorita. Además debo rogarle que, ya que no tiene una invitación, abandone el edificio.

-Vamos Alfred –sonó una voz a sus espaldas- no trate así a una bella dama. Sabe que no abundan aquellas que además de parecerlo, se expresa como tal.

Irene se giró hacia su interlocutor con la más radiante y seductora de sus sonrisas. Se encontró con un hombre vestido con americana y pantalón beige con bolsillos, zapato de piel. Su cabello era blanco y no mostraba rasgos de ser escaso bajo el sombrero que calaba. Llevaba en el brazo un abrigo que un ujier se apretó a recoger junto a su sombrero, dejando como pensaba Irene una blanca cabellera perfectamente peinada al descubierto. Su rostro era amigable, como el de un antiguo profesor y recordaba en cierta manera al doctor Hawas de los documentales del National Geographic Society.

-La normas son estrictas como ya sabe, pero no sabía que conociera a la señorita, señor Villiers.

-No la conozco Alfred, pero no me importaría conocer a la señorita…

-Irene, mi nombre es Irene, Irene Francis.

-Un placer madeimoselle Francis. –Dijo el hombre besándole la mano galantemente- Mi nombre es Hannibal Villiers.

-Encantada señor. Creo que usted podría ayudarme a encontrar a mi amigo. El doctor…

-Creo que el doctor Connery es común amigo, señorita.

-Entonces podría decirme sí está aquí o si sabe dónde encontrarlo.

-Bueno señorita, las normas, como mi buen amigo Alfred nos ha recordado, son muy estrictas, y no la conozco lo suficiente para recomendarla.

-¡Oh! entonces ¿no puede ayudarme?

-Puedo hacer algo mejor que eso señorita Francis, yo mismo la llevare a casa del doctor Connery, así Alfred salvará su honor además de las normas y yo tendré una excusa para subirla a mi auto.

***

El chofer del señor Villiers abrió la puerta del Bentley con el que les había llevado hasta una casa de campo en las afueras de la ciudad. Al parecer, aquella era la residencia del doctor Connery: una típica casa de la campiña inglesa de ladrillos rojos ennegrecidos por la humedad. Hannibal Villiers insistió en acompañarla a la puerta.

-No es que desconfíe de usted querida, pero hace tiempo que no veo a Henry y aprovechare para hacerle una vista.

-Es usted muy amable, señor de Villiers.

-Llámeme Hannibal si gusta, es lo menos entre conocidos ¿no cree? Además Henry es muy despistado, y debe conocer el método para abrir la puerta que…dios, ¡la puerta esta precintada!

-Debe haber sido la policía, pero ¡la puerta está abierta!

-Deberíamos avisar a la policía pero, ¿A dónde va?

Irene no lo dudo y aprovecho para entrar en la casa. Sin duda, la policía les haría muchas preguntas y su débil coartada se vería al descubierto frente al señor Villiers. Quizás esta fuera una amistad provechosa si como pensaba, había más información del club que iba a necesitar. Lejos de amilanarse, Hannibal la siguió al interior sin que ella supiera si lo hacía por compromiso, curiosidad, o temor a quedarse solo.

-¡Dios santo!

Irene no dudo en girarse y abrazarse al brazo de Hannibal, que protectoramente la acogió ante lo dantesco de la escena. Sentado en una butaca del salón justo mirando hacia la puerta, con el abdomen abierto y los intestinos cayendo elegantemente sobre sus pies, sosteniendo en la mano una copa a medio vaciar, Tom  Sheppard les miraba sonriente y fallecido, dejando al descubierto un diente de oro.

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