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Lunes, 17 Noviembre 2014 21:04

El misterio del diente de oro VIII

Escrito por  VJMonC
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-Entonces no sabe qué hacía el señor Shepard aquí.

-Ya se lo he dicho agente–dijo Irene, mentir no le servía de nada en aquella situación- He llamado a Tom Shepard esta mañana. Somos viejos conocidos. Le he solicitado la dirección del doctor Connery y me ha dicho que no la conocía, pero me ha indicado donde podía encontrarla. Allí me he encontrado con el señor Villiers que amablemente se ha dignado acompañarme hasta…

-Sí, eso lo tengo anotado –dijo el agente- pero si el señor Shepard no conocía la dirección del señor Connery, ¿Cómo ha llegado a aquí?

-Obviamente me mintió.

-He ahí un echo interesante, señorita. ¿Por qué le mintió?

-No lo sé.

La conversación empezaba a exasperar a Irene. No es que el agente de la policía que le atendía le repitiera las mismas preguntas que antes le había hecho Scotland Yard, es que ambos interrogatorios estaban destinados tan solo a encontrar algún error en su declaración, para asignarle así el deceso. Era táctica habitual al parecer que los primeros testigos fueran los principales sospechosos, hasta que se descubriera lo contrario.

Levantó un poco la cabeza y aun alejado del cordón policial que alejaba tanto a curiosos como a los colegas de Tom, apoyado en su coche HannibalVilliers la miraba sonriente y tranquilo. Ajeno a las miles de fotografías que en ese momento le situaban en la escena del crimen. Al parecer, él había finalizado con su interrogatorio.

-¿No le hacen preguntas al señor Villiers?

El agente la miró y molesto por su pregunta la reprendió.

-Aquí señorita las preguntas las hacemos nosotros, no usted.

-¿Soy sospechosa?

-Hasta que se esclarezcan los hechos, puede serlo.

-¿Y él? ¿Acaso no es sospechoso?

-El señor Villiers –dijo una voz a sus espaldas- está libre de toda sospecha, señorita.

El agente se cuadró al instante. Un hombre alto y espigado, delgado de nariz casi aguileña y con entradas en su cabellera de sienes plateadas se les había acercado sigilosamente, de manera que parecía haberles estado escrutando secretamente.

-Señor, estaba a punto de terminar mi interrogatorio con la sospechosa.

-No se preocupe, agente…

-Mathews, señor.

-Bien agente Mathews, espero su informe en el sistema para mañana por la mañana. Puede dejarme con la señorita inmediatamente.

El agente saludo marcialmente y se despidió sin apenas dirigirle la mirada a Irene. Su superior, o al menos quien le había despedido amablemente, le señalo amablemente la dirección en la que estaba el vehículo de Villiers.

-Venga, la acompaño.

Se mantuvieron en silencio mientras se acercaban a HannibalVilliers, que se irguió mientras se acercaban. Sonriendo profusamente, les dirigió la palabra nada más llegaron a escasos metros.

-Veo que has cambiado mi compañía por la de alguien… ¿más varonil?

-Vamos Hannibal, no creo que la muchacha nos encuentre varoniles a ninguno de los dos.

-Veo que se conocen.

-Desde hace cuánto –dijo Hannibal sonriendo-, ¿cincuenta años?

-Bueno yo tengo solo cuarenta y siete.

-Es cierto, siempre fuiste el pequeño. Querida Irene, te presento a mi hermano, Alexander Villiers.

-Un placer señorita. –dijo Alexander Villiers besando la mano de Irene a modo de saludo recargado.

-Todo un caballero… ¿Y es usted policía?

-Por favor –exclamó Hannibal sonriendo. -¿Mi hermano un vulgar sabueso?

-Creo que si le dijera a que me dedico, debería matarla o hacerla mí esposa, señorita.

-No creo que seas su tipo, Henry.

-Bien –dijo mientras le guiñaba un ojo a Irene- tampoco vamos a chafarnos entre hermanos. Ya no somos adolescentes.

-Yo no…

-Tranquila my lady, la dejo en buenas manos. Hablaremos más tarde, Hannibal.

Pese a que insistió en tomar un taxi allí mismo, HannibalVilliers insistió en acompañarla a su hotel.

-como comprenderá, no habría sido caballeroso dejarla subir a un taxi a aquellas horas.

-Agradezco mucho sus atenciones, Hannibal. Pero ahora me preocupan más las de su hermano.

-Ah la juventud. Sabía que le impresionaría más. Esos pocos años se notan bastante.

-No es eso. Pero la forma en que se le cuadro el policía.

-Bueno, podría decir, sin faltar a ningún juramento, que si hubiera algún miembro del ministerio del interior de importancia similar  y ante el cual debería cuadrarse un policía, ese sería mi hermano.

-Me ha dejado atónita.

-Igual de helado a como me ha dejado a mí su frío amigo.

-No era exactamente mi amigo, era…un viejo conocido.

-Ah, un amante.

-Yo no diría…

-Tranquila querida, fuera lo que fuera suyo, Alexander ya debe saberlo.

-Entonces también debe saber que ha sido del doctor Connery.

-Me temo que eso, si lo sabe, debe ser un secreto. Pero de una cosa sí estoy seguro, querida.

-¿A qué te refieres?

-Eres una mujer peligrosa, Irene. Tu amigo, al que consultaste las señas que le llevaron a la muerte, puede dar fe de ello.

-Yo no…

-No hace falta que lo niegues, si hasta mi hermano está involucrado. Se huele el peligro a distancia.

-Comprendo que en su posición este escándalo sea lo que menos le atraiga en este momento, así que estaré muy agradecida cuando me deje en el hotel. Lamento las molestias que le haya podido causar. Le juro que mañana me marcharé del país.

-Vamos querida, no seas dramática. ¡Me encanta el peligro! –Dijo riendo ante la mirada sorpresiva de Irene- Además, la vida de este anciano necesita alicientes.

El edificio estaba bastante ruinoso. Otrora había sido un hospicio estatal para enfermos mentales, donde no se sabía si se protegía a la sociedad de ellos, o a ellos de la sociedad que les repudiaba. Lo cierto es que con las privatizaciones en sanidad el centro dejo de ser rentable, y los enfermos pasaron a depender íntegramente de las familias que en la mayoría de los casos, les habían repudiado al internarlos. Las ventanas de la parte baja que daban a la calle, tapiadas en su inmensa mayoría, reflejaban la tristeza de un edificio vacío que antes había tenido cierta vida. Justo al lado de la valla, junto a la carretera que daba acceso al edificio y que estaba tan abandonada como el centro, un agujero delataba una entrada furtiva al patio interior. Este que antiguamente había estado limpio y embellecido por numerosas plantas ornamentales, sobretodo en la parte de la terraza que daba al rio, estaba inundado de malas hierbas, maleza y despojos de diversa índole: humanos, animales y escombros.

Donde había estado la puerta de entrada a las cocinas, también tapiada, un boquete dejaba el ancho suficiente para el paso de una persona no muy gruesa. Los yonquis que entraban a pincharse heroína no necesitaban mucho más espacio, escuálidos como estaban. A través de la desnuda cocina, cuyos blancos y diminutos azulejos aun reflejaban la luz de una linterna o la llama de un cigarrillo, se llegaba a un pasillo. Por él se podía acceder tanto al comedor, como a la alacena y en la esquina más oscura de la misma, donde los restos de lo que debía haber sido una alacena de madera desmoronada por la humedad, se abría una puerta. El rio estaba cerca, y la puerta estaba más hinchada por la parte interior que por la exterior. Ni siquiera las ratas, que dormitaban en numerosos lugares, ni mucho menos los pobres sin hogar habrían elegido para malvivir aquella húmeda cloaca que otrora debía haber sido el sótano de la cocina. Unas escaleras de piedra que resbalaban por la humedad que se despendería de las paredes conforme se descendía en la oscuridad, permitían el acceso al sótano. La otra puerta, que debería haber existido comunicando el patio con el almacén directamente, estaba perdida en la maleza, impidiendo su acceso desde allí. Allí, en una cámara de escasa altura, con las paredes desconchadas y con algunos agujeros que quizás sirvieran de paso a las alimañas, y con un ambiente húmedo e infecto, se encontraban dos figuras iluminadas por un candil. Y allí había llegado Aritz.

-¿Y la chica?-preguntó Roger.

-Se ha quedado en el hotel.

-Mejor. ¿Has escondido el coche?

-Nadie lo vera. Está donde me dijiste.

-¿Y tu como vas a irte?

-Esperare fuera.

-Puede tardar.

-En su estado no lo creo.

Señalo con el dedo a la segunda figura, encapuchada, atada a una silla de mimbre, se trataba de “el huron”. No lo habían curado de sus heridas, y por lo que le costaba respirar, su estado era bastante lamentable debajo de esa capucha. Se hizo el silencio mientras Roger miraba la caja que portaba Aritz.

-Lo has traído.

-Sí, estaba donde me dijiste.

-Es mejor que no viniera la chica.

-Supongo.

Se escuchó un gemido. Aritz preguntó.

-¿Sigue amordazado?

-De poco le va a servir.

-Aquí puede gritar. No creo que llame la atención.

-Por eso es un buen lugar. Los vecinos creen que esta embrujado. Se oyen voces y gritos cuando hace viento o hay tormenta.

-Hoy la noche está clara.

-Por eso-dijo Roger con una macabra sonrisa- vamos a acrecentar la leyenda.

Aritz le entrego la cajas in hacer ningún comentario. Acto seguido se dirigió a la salida. Justo en el primer escalón, como resistiendo a salir de la habitación sin decir algo, se giró.

-No lo hagas durar.

Abandono la habitación. Roger dirigió el foco de luz de su lámpara hacia la cabeza encapuchada y la sacó de un tirón. Un ojo estaba fuertemente hinchado y rojo por el impacto, pero el otro lo miraba fijamente. La nariz también aparecía desviada, pero aun podía respirar. Acto seguido, sin dejar la caja, le libero de la mordaza. El sujeto empezó a respirar agarrando cada bocanada como si fuera la última. Entre los golpes, la capucha y la mordaza parecía que había estado a punto de asfixiarse. Roger esperó a hablar a que su respiración se tranquilizara un poco, aunque era evidente que alguna lesión interna le impedía respirar bien. El ojo que veía bien transmitía terror y pánico, pero el hurón estaba callado.

-Bien, ahora señor hurón, me gustaría presentare a un pariente suyo –dijo golpeando suavemente la tapa de la caja-, el señor ratón.

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