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Viernes, 16 Enero 2015 21:26

El misterio del diente de oro IX

Escrito por  VJMonC
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-No hacía falta que me acompañara.

-Vamos querida, ya se lo dije ayer, no es molestia sentirse vivo.

Hannibal Villiers conducía por una carretera secundaria en dirección noroeste. Habían pasado dos días desde que encontrarán el cadáver de Tom Shepard en la residencia del doctor Connery, tiempo prudencial para identificar a los policías que, como sombras, le habían asignado para vigilarla. Sin duda, no dejaba de ser sospechosa del asesinato.

No obstante, con la ayuda de Hannibal había ideado una estratagema para poder investigar un poco esos dos días. Habían salido ambas noches para cenar y acudir al teatro, y Hannibal Villiers se había prestado divertido y entusiasmado como un colegial a la farsa de cortejo. Lo cierto es que mientras él disfrutaba junto a una butaca vacía de las más solicitadas localidades de Londres, ella salía por una puerta de emergencia e investigaba los bajos fondos.  Y había encontrado una pista. Al parecer, un vagabundo que solía rebuscar los contenedores de desechos cercanos a la vivienda del doctor Connery había visto, previo pago de veinte libras que le refrescaran la memoria, una furgoneta de una empresa de algo relacionado con abonos. Después había sido fácil, solo había tenido que llamar desde un teléfono prepago (también facilitado amablemente por Hannibal) a una serie de contactos que había compartido con Tom y decirles, de la forma más breve posible, lo que estaba investigando. A las pocas horas había recibido por email la fotografía de la cámara de seguridad de una farmacia cercana a la residencia del doctor con una foto de la furgoneta, donde aparecían las señas. Después solo había tenido que consultar las señas en Google.

-Pero es innecesario que me acompañe.

-Querida, la forma más efectiva de despistar a los sabuesos ha sido la de pasar un día en la campaña. Y eso es lo que estamos haciendo.

-Pero no tenía por qué arriesgar tanto.

-A mi edad, un poco de acción no es arriesgar, es rejuvenecer.

Sabía poco de su “ayudante”. Y todavía menos de su misterioso hermano. Su instinto le decía que no era de fiar, por cómo se le había cuadrado el agente, pero…era imposible resistirse a Hannibal Villiers cuando se encaprichaba de algo, o eso empezaba a comprender.

Llegaron, tras varias horas de viaje, a las señas indicadas. Una casa de campo abandonada que, es cierto, había albergado un negocio de abonos. Pero por lo roído del cartel y lo desvencijada de la casa, la empresa había quebrado hacia no menos de diez años. Una hipótesis que le confirmo el encargado de una gasolinera cercana donde pararon a repostar. En el camino de regreso, el silencio pesaba y cundía el desánimo.

-Había sido una buena pista –dijo Hannibal para levantar el ánimo.

-Ha sido una pérdida de tiempo –se lamentó Irene –era demasiado fácil.

-Cuando una puerta se cierra, abre una ventana.

-No es suficiente consuelo tirar de frases típicas.

-Lo sé, pero de menos sirve lamentarse. Hay que seguir la búsqueda, nada más.

-Mañana será más difícil despistar a los sabuesos.

-Eso es cierto. Los agentes de la ley no son famosos por sus dotes de aprendizaje, pero supongo que aprenderán de sus errores.

Se quedaron un rato en silencio. Irene miraba por la ventana del copiloto como el coche tragaba las millas que le acercaban de nuevo a Londres. Era una carretera con bastantes cambios de rasante, y por el espejo retrovisor vio un camión un poco lejos. No le dio importancia y siguió observando el pasar de campos. A los pocos minutos volvió a fijarse en el espejo retrovisor en otro cambio de rasante, y se dio cuenta que el camión, azul oscuro, estaba mucho más cerca.

-Ese camión tiene prisa –comentó sin darle importancia.

-¿Que camión? –dijo Hannibal.

-El azul que viene detrás. Nos ha alcanzado en apenas unos minutos.

Tenían el camión exactamente detrás, pero el reflejo del sol impedía en esos momentos fijarse en el conductor. Mantuvieron las distancias durante unos minutos mientras Irene no quitaba sus ojos del espejo retrovisor. Tras una serie de curvas más o menos cerradas, la carretera ganó un poco de anchura. El camión manteniendo una distancia prudencial, saco el intermitente indicando que iba a adelantarles.

-Sí que debe tener prisa –dijo Hannibal- voy a dejarle adelantar.

-Debe ser un camión maderero, va cargado de troncos.

-Es extraño-dijo Hannibal- no hay explotaciones madereras por esta zona.

Una descabellada idea cruzo rápidamente por la mente de Irene cuando el camión empezaba a superarles por el costado.

-¡Acelera!, ¡rápido!

-No puedo, ya casi nos ha adelantado.

-Pues frena, va a embestirnos.

-Pero qué demonios.

En el preciso instante que Hannibal iba a accionar el freno el camión se cerró sobre ellos, impactando contra el lateral. La carretera era lo bastante ancha como para evitar salirse, pero Hannibal tuvo que maniobrar para no salirse al campo colindante. El camión se abrió y tomando impulso, volvió a acercarse al costado de su vehículo, que Hannibal a duras penas había mantenido sobre el asfalto. Este redujo la marcha lo suficiente como para que el camión solo les rozara, pero seguían rodando. La tensión era increíble y el camión realizo un tercer intento, adaptando la velocidad a la del coche. Esta vez Hannibal no pudo acelerar lo suficiente, por lo que el impacto iba a ser fatal.

-¡Maldito chofer! Gritó Hannibal.

-Nos va a aplastar, ¡frena! ¡Frena! ¡Frena!

Fue lo único que acertaron a decir antes de que el camión kamikaze les impactara de lleno en el costado. El peso y la fuerza del camión les sacó de la carretera y el coche aún anduvo varios cientos de metros por el pasto hasta que choco con unas rocas, deteniéndose completamente mientras sonaba el claxon.

Aritz y Roger llegaron a la puerta del edificio y, mientras el primero se ocupaba de la cerradura, el segundo le cubría con el cuerpo.

-Date prisa.

-No me des prisa, hacía años que no forzaba una cerradura.

-vamos, ¿no me digas que pagas en los hoteles?

-¿No sabes que ahora funcionan con tarjetas?

-Esos son los hoteles buenos, no los mejores.

-Ya está –dijo mientras la cerradura hacía clic- solo estaba un poco oxidado.

-¿La cerradura o tú?

Rieron en voz baja mientras penetraban en la vivienda. La madrugada les ofrecía el abrigo necesario para no levantar sospechas. Hacia dos días que habían cruzado los Alpes en coche y, sin más contratiempos comprado pasaje para cruzar el canal de la mancha en ferri. Las estaciones del euro túnel estaban demasiado vigiladas y ellos buscaban el anonimato. Tanto que ni siquiera habían avisado a Irene de su llegada a Londres, donde sabían que se encontraba retenida buscando al doctor Connery. Ahora, mientras Isabela les esperaba en el coche, dos calles más abajo, ellos habían subido los dos tramos de escaleras que les separaban de la puerta y habían penetrado por fin en el edificio.

Era el tercer allanamiento que realizaban siguiendo la pista que les había facilitado el Hurón. No es que supiera mucho, pero si habían averiguado, tras registrar su propia casa (primer allanamiento) que todos los sobres que recibía con el pago en metálico por sus acciones, venían envueltos en un periódico de Londres. Eso les había llevado a la ciudad del Támesis. La segunda pista, que les había llevado al segundo allanamiento, era el apartado postal que le habían facilitado a “el Hurón” para comunicarse. Este, también registrado en un barrio de Londres, estaba relacionado con un piso que había sido el segundo allanamiento. Allí habían encontrado un equipo de desvío informático consistente en un teléfono móvil y un ordenador portátil conectados ambos a la red eléctrica, que servían a su vez para distorsionar el origen de una comunicación. Irene había conseguid piratear la señal al tener acceso directo al teléfono, y habían triangulado la dirección en la que ahora se encontraban.

-No creo que encontramos nada aquí tampoco-dijo Aritz.

-Seguramente otro ordenador y otro móvil, pero estamos deshaciendo la madeja.

-No puede ser tan fácil.

Registraron la planta baja de la vivienda, una sala completamente vacía con un par de sillas y una mesa, además de una cocina con todos sus armarios desvencijados. La primera planta presentaba un aspecto de igual abandono, con abundante polvo acumulado. Se dirigieron en ese momento a la planta baja, a la cual se accedía por una puerta de la cocina. Tras bajar un tramo de escaleras, llegaron a una sala pequeña con una puerta en el lateral y una mesa con otro ordenador portátil y otro móvil.

-Te lo dije.

-Al menos es una pista. Veamos que hay tras esa puerta.

La puerta era maciza y se notaba que se había abierto con frecuencia. De hecho toda la sala de abajo parecía que se usaba frecuentemente. La puerta además, tenía cerrojos echados. Habían hablado bajo durante todo el registro, no en vano era un allanamiento, pero bajaron aún más la voz.

-Abre, con cuidado.

Abrieron, haciendo el mínimo ruido posible descorriendo los cerrojos. El interior era cálido, pero estaba oscuro. Aritz asomo un poco la cabeza y en ese momento, un jarrón se estampó contra ella derribándolo mientras Roger asía el brazo que había atentado contra su colega. Tras un leve forcejeo, el brazo no tenía mucha fuerza y de hecho Aritz ya estaba levantándose aunque medio aturdido, inmovilizó al agresor, llevándolo a la luz.

-Pero, ¿qué haces aquí? –exclamó sorprendido.

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