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Miércoles, 25 Febrero 2015 19:31

El lobo en la oscuridad.

Escrito por  VJMonC
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Día 0: El final de la luz.

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?

Rey David

-¿Entonces quieres un doce?

-Sí, pero sin tomate y con cebolla.

-¿Caramelizada?

-Sí, por favor.

El bullicio inundaba las calles aquel sábado. La primavera hacía una de sus primeras apariciones en el final de aquel largo invierno, y la ciudad festejaba el primer día de sus fiestas. Miles de personas, atraídas por el jolgorio inundaban sus calles, plazas y espacios reservados para celebraciones desde primera hora de la mañana, cuando la inauguración de la feria del vino había dado rienda suelta a los amores etílicos. En cada esquina, en cada plaza, uno o varios escenarios rompían el silencio y sustituían el habitual ruido del tráfico por el de la música, bien fuera rock, tecno, dance o géneros más folklóricos y costumbristas. Jóvenes, mayores, ricos y fulanos festejaban, como decía la letra de la canción de Joan Manuel, y sin temer que nada fuera a pasar.

Hacía al menos cuatro años que aquel grupo de amigos no se reunía. Mentimos, no es que fueran amigos. Eran compañeros. Habían iniciado estudios juntos, y lo que había nacido como una necesidad, había forjado en algunos casos una amistad que, como en la mayoría de las veces sucedía, había terminado con el título universitario conseguido. En algunos casos, los menos comunes y los más comentados, como sucedía en todas las comunidades humanas, la amistad y los lazos afectivos se habían estrechado quizás en demasía, generando algunas relaciones de pareja que aún se mantenían (las menos) y algunos rencores que aún perduraban.

Pero no era esa la causa de que el grupo, de unas treinta personas, jamás se hubiera reunido. Simplemente les había faltado un cabecilla que los reuniera y lo organizara todo cuando la anterior ocupante de dicho puesto se había marchado a trabajar de “au pair” a Londres. El tiempo había pasado, y con su regreso, para por fin ejercer de su profesión de diseñadora, había reunido al grupo.

Primero unas cervezas en torno a la feria de la tapa. Después una larga caminata, como en los viejos tiempos. Algunos habían ido solo a saludar y se marcharon pronto, con obligaciones familiares de pañales ya, otros se incorporaron y relevaron a los primeros. En torno a una mesa, en un local abarrotado y ya casi saturado por tantas horas de farra, con los trabajadores a punto de reventar del esfuerzo, se preguntaban por cómo les iba, o cómo les había ido, sin importarles que durante cuatro años les había sido igual la suerte de sus interlocutores. Era un día de fiesta.

Si bien todos se habían saludado, o al menos eso parecía, dos figuras se habían eludido ante la vista de todos. Su historia, por desconocida, no era menos chismosa, pero era evidente que les había faltado el saludo. Ahora, sentados en lados opuestos de la mesa, atendían como uno más a su vecino de asiento, sin importarle la cercanía lejanía.

César charlaba animosamente con Juan. Durante sus estudios habían sido grandes amigos y compañeros de farra, y recordaban, ante la incrédula Sonia, algunas de sus desventuras durante las fiestas universitarias. Juntos los tres ocupaban el extremo opuesto a donde Helena departía animadamente con Sara, la gestora del encuentro, y junto a Tomás, uno de los hombres padres de familia responsable.

-¿Así que te casas? –preguntó Sara.

-¡Sí! El abril del año que viene. Tienes que venir.

-Eso está hecho mujer, ¡no me lo perdería por nada del mundo!

-Las bodas son un gasto –dijo Tomás- yo me acuerdo de la mía y no sé quién me daba más miedo, mi mujer o mi suegra.

-Ya será menos –dijo Sara-, si los tíos os chifla en verdad eso.

-Huy sí, pregúntaselo a su novio –dijo señalando a Helena- seguro que está encantado.

-Pues en verdad no te diré que le hace más ilusión que a mí, pero fue idea suya.

-No me digas chica.

-Sí, bueno él me lo pidió, es lo típico jajaja.

-¿No lo habías hablado? ¡Qué bonito!

-Qué va. Bueno, llevábamos ocho años juntos ya sabes, pero nunca lo habíamos hablado.

-Yo creo que si Jaime me lo pide lo mataría, no estoy preparada ja, ja, ja.

-Nunca lo estáis-dijo Tomás sumándose a la risa.

Mientras, al otro lado de la mesa, César continuaba la conversación con Juan.

-Va tío, ¿no te acuerdas del día que fuimos a fiestas al pueblo aquel?

-¿Cuándo fue eso?

-A ver, que el borracho era yo.

-Ya sé, cuando Luís nos dejó tirados.

-Dirás cuando me caí muerto –dijo el aludido sentado dos sitios a la derecha de César.

-Yo no sé qué te pasó tío, pero menudo susto.

-Yo te lo diré –dijo Luís- llevábamos doce horas bebiendo, eso pasó.

-Ni que hubiera sido la primera vez –dijo César.

-Va, déjalo tío. Esta noche la tenemos que pillar.

-Claro tío –dijo Luís- para una vez que nos juntamos, ¡brindemos joder!

-Vamos que vienen ya los bocatas.

Varios brindis pudieron hacer antes que llegaran los bocadillos de unas cocinas que debían parecer Troya, de tantas horas de trabajo. Mientras, el alcohol iba haciendo efecto en el grupo, y las curiosidades subían de tono al igual que las bromas. Juan apuró una jarra de sangría de un golpe, lo que tuvo respuesta de César haciendo lo propio con una jarra de cerveza. Al final, fue Luís el ganador ante el aplauso y la risa general, al apurar una de cada. El ambiente era inmejorable para casi todos, como si nunca hubieran terminado sus estudios.

César se levantó al baño. Solía aguantar sin necesidad de orinar, pero la jarra de cerveza le había llenado el depósito. El estado del servicio de caballeros era lamentable, lo que mostraba las consecuencias de casi trece horas ininterrumpidas de fiesta, que había empezado con almuerzos de muchos de los que ahora estaban cenando. Otros ya ni habían pasado de la hora de la merienda. En definitiva los esfuerzos de la muchacha de la limpieza eran insuficientes para mantener la pulcritud del urinario de hombres. No podía opinar del váter, puesto que la puerta y las voces indicaban que alguien había decidido en el concurrido local pasar a los postres granulados y esnifarlos en el váter. Al salir, una presencia que esperaba su turno frente a la puerta de las mujeres, le obligó, venciendo sus temores, a dirigirle unas palabras.

-No esperaba verte.

-Pues –dijo Helena- estamos cenando en la misma mesa.

-Pensaba que no vendrías.

-¿Por qué no iba a venir?

-Ya… ¿estás bien?

-Perfectamente. Una gran exhibición lo de la jarra. Enhorabuena.

-¿Crees que podríamos hablar un momento?

-No creo que sea el momento.

-¿Y tendré otro momento?.

-Otro día.

-Ya he oído que te casas.

-Sí, estoy muy feliz.

-Bien. Es todo lo que quería saber. Cuídate.

-Y tú también.

Regresó a la mesa con mal cuerpo y apuró su copa. Era el encuentro que más había temido, y había ido tal y como había pensado: tono poco conciliador y mala relación. Y lo que era aún peor, le había afectado esa situación, por otra parte esperada. La esperanza, siempre amarga, no se había apagado en el fondo. Apuró la copa, quizás un poco más de alcohol fuera suficiente.

Avanzaba la noche y próxima estaba la actuación estelar, no por el nombre del grupo, un conjunto de músicos que interpretaba versiones, sino por lo numeroso del público que acudía a la plaza en cuestión. El grupo continuaba sus chanzas, bromas y anécdotas. Que si uno se había divorciado, que si varios habían sido padres, que si otra trabajaba para el gobierno…pidieron la cuenta para encaminarse al siguiente escenario de la velada: botellón junto escenario de la actuación. Sara pidió unos chupitos mientras pagaba la cuenta y todos se prepararon para el brindis final:

-Chicos, porque esta sea la primera de muchas, ¡por nosotros!

Sonaban las campanadas de medianoche cuando se disponían a brindar. Chocaron los vasos unos con otros, los más cercanos, levantaron los vasos para saludar al que estaba al otro lado y por un momento, Helena y César cruzaron sus miradas y el mundo se paró para ellos. Se miraban mientras los otros bebían, tosían o hacían caras raras por lo fuerte del licor, de alta graduación. Desafiante, César se bebió de un trago la copa y la dejó de un golpe sobre la mesa. Helena lo miró y aceptando el desafío, hizo lo propio con la suya y golpeó con el vaso la mesa.

Justo en ese instante, se fue la luz.

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