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Domingo, 26 Abril 2015 16:46

Día 1, medianoche (parte I): ¡Enciendan las luces!

Escrito por  VJMonC
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"Lo único que cura el miedo es el peligro auténtico. La reflexión aumenta el miedo. Los hombres que no piensan en la muerte no la temen. Pensar y no actuar es manantial de miedo. Ésta es la causa del miedo de los intelectuales."

Miguel de Unamuno

-¡La luz!

-¡Pero que broma es esta!

-¡Mi móvil tampoco funciona!

-¿Qué está pasando? ¡Qué está pasando!

Sillas cayendo, cuando no mesas. Gritos, gemidos…el local entero era una jaula de grillos inundada de oscuridad. Hacía cinco minutos que la oscuridad no solo se había adueñado del lugar, sino que había llevado al apagado a todos los aparatos electrónicos. Nada funcionaba. César permanecía de pie, absorto por las tinieblas que todo lo inundaban en medio del ruido. De repente, una voz se alzó por encima de todos.

-¡Permanezcan todos en su sitio! Al final se harán daño.

El rumor iba in crescendo. Gente que llamaba, maldecía, tropezaba o pedía disculpas. Otros sollozaban desesperados, aunque no parecían moverse. En medio de la oscuridad absoluta era difícil ver que hacía cada sombra. Porque ni sombras podían verse en medio del ruido. Solo ruido. Siguieron sonando mesas y sillas al tropezar las personas desorientadas por la oscuridad, hasta que un ruido ensordecedor rompió la oscuridad atrozmente. Era el encargado del bar.

-Tranquilícense, pero no me hagan volver a golpear las cacerolas. Quédense en su sito hasta que vuelva la luz.

El ruido de gente al sentarse entre rumores de conversación inundó en ese momento el salón del bar. Al parecer, el caos inicial había finalizado por el momento.

-¿A alguien le funciona el móvil? –pregunto una voz en la mesa.

-A mí no.

-A mí tampoco.

-Mi reloj tampoco funciona.

-¿Alguien que fume tiene un encendedor? Preguntó en medio del caos César.

De repente, varios encendedores se encendieron a la vez, generando una primera luz tranquilizadora en el local. Pronto más luces imitándoles se encendieron en las distintas mesas pero era un tenue resplandor que duraba todo lo que podían aguantar el calor los dedos que soportaban el encendedor, hasta volver a la oscuridad. Vasos y jarras volcados mostraban a la luz de los encendedores como habían vertido su contenido sobre las mesas, manchándolo todo.

-Así no vamos bien –dijo otra voz.

-¿Nadie lleva velas?

-Claro-respondió una voz de la mesa de al lado- llevamos el bolso lleno.

Los ojos de César se acostumbraban a la oscuridad absoluta lentamente, pues ninguna luz penetraba ni siquiera desde la calle.

-Esto no es un apagón normal.

-No van ni los móviles.

-Que alguien nos ayude.

-Voy a salir a la calle-dijo César.

-Han dicho que nos estemos todos quietos –replicó Luís todavía a su lado.

-Mejor, así no me tropezare con nadie –dijo César levantándose.

Sin dejar de tropezar y pidiendo perdón a su paso, consiguió ganar la puerta, ya que por suerte recordaba donde estaba. El gerente del local, que al detectar que alguien se movía le había recriminado que no siguiera sus órdenes, no tardó en salir junto a él, acompañado de Luís, con varios comensales más del local, Tomás, Sara y de Helena. Algunas sombras se entreveían en la oscuridad, ya que ni las estrellas ni la luna rompían la noche.

-Está todo oscuro –dijo el gerente.

-Esto no es normal –dijo Tomás.

-Se les ha ido de las manos el apagón.

-¿Dónde has visto tú un apagón que fría los móviles? –dijo Luis.

Helena, que se había acercado a César al salir, dejando sitio al resto de personas que salían del local, dijo:

-Deberíamos volver dentro.

-Mira toda esa oscuridad –dijo César- escucha todo ese silencio.

-Que quieres decir –dijo el gerente.

-No se escucha nada.

-Yo escucho muchos gritos de gente pues –dijo Tomás.

-Gritos sí –dijo César- pero nada más.

-Tienes razón-dijo Helena- ni una sirena, ni un coche ni siquiera un helicóptero.

-Es verdad –dijo otra mujer- ¿la policía no tiene altavoces?

-No me gusta esto –dijo Sara-  Volvamos dentro.

-Creo que deberíamos volver dentro –dijo el gerente- aquí no se ve nada.

-¿No tienen velas de decoración? -Preguntó un recién incorporado al grupo.

-Algo tendremos que sobró de San Valentín –dijo el gerente-pero hay que buscarlas en el sótano.

-Vayamos pues –dijo quien había preguntado- con los encendedores nos apañaremos.

-Yo me quedo aquí un rato a ver si pasa alguien –dijo César.

Todos volvieron dentro excepto Luis, Helena y una pareja.

-Esto es muy extraño –dijo el chico de la pareja.

-Mucho –dijo César- pero hay algo que no me cuadra.

-¿Por eso te has querido quedar aquí?-dijo Helena.

-Sí, demasiada gente ahí dentro.

-Me da escalofríos –dijo Luis –aquí no se ve nada.

-Ya pero…

-¿No escucháis el zumbido?

-¿Que zumbido?-preguntaron al unísono los otros cuatro.

-Callad –dijo Helena.

El zumbido, lejano, era cada vez más intenso. De repente, un ruido ensordecedor tronó no muy lejos de allí, no más de cuatro o cinco quilómetros, y por encima de los edificios se vio la luz de una fuerte explosión. De repente, a pocos minutos, una segunda explosión similar se vio un poco más alejada. Por la avenida que se abría delante de ellos, que tenía edificio bajos, veían explosiones similares, dos, tres, cuatro…eran incontables.

-¡Son bombas! Gritó la chica de la pareja.

-¿un bombardeo?

-Tienen demasiada mala puntería cariño-dijo el chico.- Están cayendo en el campo.

-¿Cómo lo sabes?

-Mis padres tienen su chalet de verano por allí. Algunos han caído en el mar incluso.

Un estruendo los silenció.

-Esa ha caído cerca.

-No son bombas –dijo Luis.

-¿Tú también lo has visto Luis?

-¿Qué queréis decir? –preguntó Helena.

-No es un bombardeo…- dijo Luis cayendo de rodillas- son aviones.

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