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Viernes, 22 Mayo 2015 17:55

Dia 1, medianoche (parte II)

Escrito por  VJMonC
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«La vie est la farce à menerpartous»

Jean Nicolas Arthur Rimbaud

Tras unos pocos minutos entraron apesadumbrados y descubrieron sobre algunas mesas unas tenues luces, sin duda habían encontrado las velas.

-¿Qué es ese ruido? Preguntó una de las personas de las primeras mesas. Ellos se miraron sin poder dar una respuesta.

-¿No lo sabéis?

-Sí lo sabemos –dijo Luis.

-Entonces –preguntó otra voz.

-Están cayendo aviones –contestó César.

-¿Cómo van a caer aviones? –Dijo Sara-¿bromeas?

-Explotan al caer –dijo Helena- es horrible ver como arden en la lejanía.

El silencio se adueñó del restaurante. Solo el crepitar de las velas con sus tenues llamas rompía la oscuridad. Rostros serios y tensionados se alternaban con ojos llorosos mientras pequeños grupos de conocidos se agrupaban, buscando el ánimo que empezaba a flaquear.

-Deberíamos salir –propuso Tomás.

-¿Salir a dónde? Dijeron un par de voces.

-A otro lugar.

-Aquí estamos bien.

-Deberíamos irnos a casa.

-¿Y cómo? La mayoría somos de fuera.

-Yo me voy a casa.

No eran los únicos que se marchaban. Muchos de los allí reunidos eran de la ciudad y una vez vencido el miedo a la oscuridad abandonaban el lugar. Algunos silenciosamente, otros en grupo, esperando protegerse de la oscuridad fueron desalojando el restaurante. Algunos se ofrecían a amigos para acogerlos en sus casas, pues tampoco los vehículos aparcados a la puerta arrancaban. Al final, quedaron solo unas quince personas, entre ellas Tomás, César, Helena, Sara y Luis.

-¿Qué hacemos?-preguntó Sara.

-Helena –dijo César- Tu casa está cerca.

-Sí, pero no hay nadie.

-¿crees que podíamos refugiarnos ahí hasta que se aclare todo un poco?

-Ya sabes que mis padres no quieren que lleve a nadie al piso de la ciudad.

-Bueno, no creo que a tus padres le importe dadas las circunstancias –dijo Tomas.

-Además nos conocen a todos –dijo Sara- no vamos a hacer una fiesta.

-Pues estaría de maravilla con tan poca luz-bromeo Luis.

-Vale, me habéis convencido –dijo helena mirando fijamente a César-iremos.

-Está bien –dijo César-iremos agrupados, todos juntos. Por parejas.

-¿crees que pueda pasar algo? –pregunto Helena.

-No se ve nada, es lo único que pasa.

-¿Cuantos vamos? -pregunto Tomás.

Helena le miró, volvió la vista al resto de la sala y volvió a mirar a César suplicante. César miró al resto de personas que les observaban, asustadas en su mayoría. Sin tener en cuenta la súplica de Helena, contestó.

-Nos vamos todos los que quiera venir.

Nadie decidió quedarse. Luis, Helena Sara y César conocían el destino. Salieron de dos en dos. Una vez en la calle, César abría el grupo junto con Tomás. Les seguían Helena y Sara. El encargado del local, junto con Luis, cerraba la marcha.Gente salía de sus casas a la calle, donde los coches, parados donde les había pillado lo que fuera que había pasado, estaban detenidos, inertes, en el centro de la calzada en el mejor de los casos. Otros, aun en marcha cuando había llegado el apagón, se habían estrellado contra otros vehículos o contra algunos escaparates, que aparecían rotos. Algunas personas, los primeros saqueadores, se afanaban en vaciar los escaparates afectados. Solo cinco manzanas les distanciaban de la casa de Helena, pero la escena se repetía una y otra vez. En una esquina, el choque de un vehículo contra un camión había resultado fatal para el conductor del primero. Algunos viandantes se habían apiadado del chófer y una vez sacado del amasijo de hierros, lo habían cubierto con un abrigo. No se veían indicios de la policía, de servicios de emergencia o de nadie con la mínima autoridad en la calle.

Siguiendo la lógica de las películas de desastre, pronto cuadrillas de saqueadores la emprenderían con los escaparates que no estuvieran ya rotos, pero lo cierto es que mucha gente se veía  por las calles. Estructuras de escenarios oscuros, sin luz o vida, y miles de personas hacinadas en una ciudad oscura, sin energía ninguna. Sin ningún incidente llegaron al portal.

-¿Es el cuarto no?

-Sí –contestó Helena- espera que abro con la llave.

Metió la llave y la puerta no hizo nada.

-¿Qué le pasa? No gira.

-Cierre electrónico –dijo una voz a sus espaldas- no abrirá sin luz.

-Pues vaya.

-Hay otra opción –dijo Tomás, y envolviéndose la mano con un jersey rompió el cristal.

-¿Qué haces? Eso me lo pagas –dijo Helena muy enfadada.

Entraron y subieron los cuatro pisos. Helena abrió esta vez la puerta sin incidentes y se acomodaron. Por las ventanas se veía a lo lejos el resplandor de los fuegos allí donde habían caído supuestamente los aviones. Más de cien llamas se veían por toda la llanura. Tomás se levantó yendo al baño, y de repente salió impresionado.

-César, Helena, deberíais venir.

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